Había una vez
un sapito llamado Molito que quería cruzar el río para ver
a su familia y amigos que estaban del otro lado, pero el río era muy
ancho. Entonces pensó:
- Le voy a
decir al castor que me
ayude a construir una balsa y así podré cruzar el río
Fue a ver al
castor y le dijo: - Sr. Castor, ¿me puede ayudar?
- Ahora no
puedo, estoy muy ocupado. –
Interrumpió el castor
- Pero necesito
que me ayude a construir una balsa para poder cruzar el río para visitar a
mi familia.
- Está bien,
pero ¿Qué recibiré a cambio? ¿Con qué me vas a pagar? – Increpó el castor.
- Eee…No sé. – Balbuceó Molito. - ¿Qué se le ocurre?
- Ya se me
ocurrirá algo… – Dijo el
castor.
- Mmm… hojas,
eso, diez mil hojas!!
- ¡Diez mil
hojas! – Se sorprendió Molito.
- Sí, eso es.
Si te gusta, bien, y si no, sigue tu ruta. – Le dijo el castor.
Y Molito quedó
pensando de dónde sacará diez mil hojas para darle al castor.
Se le ocurrió
pedir ayuda a las hormigas. Fue a hablar con la jefa de las hormigas:
- Señora
hormiga, señora hormiga.
- ¡Ahora no
puedo! – Interrumpió la hormiga-.
- Es que
necesito que me ayude a conseguir diez mil hojas para dárselas al castor y
que él me ayude a construir una balsa para poder cruzar el río y así poder
ver a mi familia.
- Está bien,
está bien. – Dijo la hormiga.
- Pero.. ¿Qué
recibiremos a cambio? ¿Con que nos va a pagar?
- Eee , no sé. – Volvió a balbucear Molito. - ¿Qué
se le ocurre?
- Mmm,
manzanas. Quinientas manzanas.
- ¡Quinientas
manzanas!! – Se sorprendió Molito.
- Pero.. ¿De
dónde las sacaré?
- No sé. – Le replicó la hormiga. - Tómalo o
déjalo. – Dijo la hormiga.
Y se fue Molito
pensando: - ¿De dónde sacaré quinientas manzanas?
Y se encontró
con el Sr. Mono.
- Sr. Mono, Sr. Mono, ¿usted me podría ayudar?
- No, no. Ahora
no puedo. – Interrumpió el mono.
- Es que
necesito quinientas manzanas para
dárselas a las hormigas para que me den diez mil hojas, después dárselas
al castor para que me ayude a hacer una balsa para cruzar el río y poder
ver a mi familia…
- Está bien, - dijo el mono. Pero… ¿con qué nos vas a
pagar? ¿Qué recibiremos a cambio?
- Eee… – Y nuevamente balbuceó Molito.
- No sé. ¿Qué
se le ocurre??
- Mmm, bananas,
cien bananas.
- ¡Cien
bananas!! ¿Y de dónde podré
sacar cien bananas?
- No sé, no sé.
Si te parece bien. Si no… Sigue tu ruta!
Uff... Ya
cansado Molito veía que todos le pedían algo a cambio. Hasta que se cruzó
con un hombre. Y ya casi resignado le dijo:
- Señor, señor…
- Sí sapito
- Necesito que
me ayude a conseguir cien bananas,
es muy importante para mí.
- Está bien
sapito, ven, acompáñame.
Y lo subió a un
bote y cruzó el río. Una vez que estaban del otro lado. El hombre le dijo
al sapito:
-Ves, allá
está el bananero, ahora juntemos tus cien bananas.
Sorprendido
Molito, casi sin entender, sólo atinó a darle un enorme abrazo al hombre y
decirle que ya no era necesario. Y salió contento a reunirse con su familia.
PIZCA, LA HORMIGA CON BUENAS IDEAS
Había una vez una hormiga muy pequeña
que vivía en su hormiguero de un jardín con muchas flores, se llamaba Pizca. La
hormiguita era muy pequeña porque aunque el tiempo pasaba, ella no crecía, sus
hermanos mellizos eran mucho más grandes y altos, pero ella a pesar de que
comía mucho y dormía bastante bien, siempre estaba del mismo tamaño.
Pizca era muy atrevida y valiente, ella nunca dejó de
colaborar en las labores del hormiguero, aunque a causa de su diminuto tamaño
se dedicaba a las tareas menos pesadas, y a transportar miguitas de pan, en vez
de cáscaras de pipas.
Se sentía muy orgullosa de poder hacer lo mismo que su
familia y amigos hacían, y muchas veces se envalentonaba y se la podía ver
arrastrando una hoja de rosal por todo el camino a casa, sin ayuda de nadie y
con la cabeza bien alta.
Un buen día, estaba ensimismada en su transporte,
cuando una hormiga vecina de otro hormiguero pasó por encima de su mercancía,
Pizca muy enfadada le dijo:
- “Pero bueno, ¿qué has hecho?, mira mi trabajo cómo
lo has dejado”.
La otra hormiga se paró y miró el destrozo, y dijo:
- “Es que como eres tan pequeña no te he visto,
disculpa, me fijaré más la próxima vez”.
Pizca se giró y siguió por su camino. Antes de llegar
a la despensa, otra hormiga también pisó su miga de pan. Esta vez, Pizca se
enfadó bastante:
- “¡Ya está bien!, ¿es que no me veis?, pues a partir
de ahora me vais a dejar paso, seguro”.
Pizca entró en la despensa y cogió una gran cáscara de
pipa, la moldeó para hacerse un casco, y un pequeño carrito para tirar de él, y
volvió al trabajo.
Cuando sus compañeras la vieron, se quedaron
alucinadas. ¡Qué buena idea había tenido Pizca! Todas fueron a preguntarle cómo
lo había hecho, y si estaba teniendo resultados, y Pizca muy orgullosa
contestó:
- “Desde que trabajo con esas herramientas, nadie pisa
mi mercancías, me siento más segura y rindo mucho más”.
Así fue como Pizca inventó la carretilla y
el casco de seguridad en el trabajo. La producción del hormiguero
aumentó considerablemente, y ninguna hormiga más volvió a pisar a Pizca, ni
ella se volvió a enfadar con nadie.
MATÍAS, EL
LIBRO DE MATEMÁTICAS
Había una vez
un libro de color naranja, que contenía muchos números,
símbolos extraños y ejercicios, muchos ejercicios. El libro se
llamaba Matías, y era pequeño. Vivía en una estantería de madera, en la
segunda balda empezando por abajo, y él mismo no sabía muy bien quién era, porque
apenas le consultaban dudas.
Matías era muy
observador, y lo que si veía es que todos los días dos niños pequeños jugaban a
los pies de la estantería con todos los libros y cuentos que les
parecían llamativos. Se sentía extrañado porque a él nunca lo elegían para
hojearlo, ¡pero si era de color naranja y con dibujos!
Un día
el abuelo de los niños se sentó con ellos en el suelo
a leer cuentos, y eligió a Matías para hojearlo junto a sus nietos.
Los niños parecían aburridos al abrir por la primera página, pero de repente,
les llamó la atención una determinada operación, que aunque habían visto antes
en otros cuentos, ahora les hizo abrir los ojos y atender con mucha atención.
- “1+1= 2″
- “Uno más uno, igual a dos”, – dijo el abuelo.
“Son dos palitos unidos por otros dos palitos
cruzados, dos rayas tumbadas y un número que parece un pato”, – dijo la nieta mayor.
El abuelo les
explicó cada símbolo, lo que significaba y como se leía esa operación, y los
niños aprendieron para siempre que uno más uno son dos.
Mientras tanto,
Matías estaba muy contento porque estaba siendo leído, y empezó a ponerse
nervioso, tan nervioso, que se cerró sin querer, y se cayó al suelo. El abuelo
lo recogió, e intentó buscar la misma página de antes, pero cuál sería su
sorpresa, que Matías de lo nervioso que se había puesto, cambió la operación.
- “1-1= 0″
- “¡Qué raro!, ahora no encuentro la suma anterior”, – exclamó el abuelo.
Extrañado,
cerró el libro y le dijo a sus nietos que por hoy era suficiente. Los niños se
quedaron con ganas de ver más cosas sobre Matías, y al día siguiente, cuando
llegaron a casa después de una dura jornada de colegio, buscaron la operación
que su abuelo les enseñó.
Ya no estaba esa operación, había otra. La misma que
el abuelo había visto la vez anterior.
- “1-1= 0″
Los niños
intentaron interpretarla: – “un palito y otro palito con una raya
tumbada en medio, dos rayas tumbadas y un círculo”. – Se quedaron
pensativos.
Al rato, la
niña mayor dijo: - “¡Lo tengo!. Si la otra vez aprendimos que uno más
uno eran dos, y ahora aparecen los mismos números y sólo cambian los palitos
cruzados y el número final, será porque en vez de sumar hay que quitar”.
- “Uno menos
uno igual a… ¿qué número será este?”
Estaban
ensimismados con Matías, y de sorpresa llegó el abuelo:
- “Abuelo,
menos mal que has venido, mira lo que hemos aprendido: uno menos uno igual a
círculo”.
El abuelo no pudo contener la risa, y les explicó que
ese círculo era el número cero. Además se sentía muy orgulloso
de la lógica de los niños, al intuir el significado del palito sin
cruzar. Sus nietos ya sabían dos operaciones matemáticas, las
cuales habían aprendido muy rápidamente.
El orgullo y la alegría que el abuelo sintió,
enorgulleció a Matías, gracias a su inquietud por ser de utilidad a alguien, y
haberse caído de los nervios que le entraron, los niños aprendían matemáticas
de una forma divertida y para siempre.
La misión de
Matías estaba clara, y cada vez que lo hojeaban, sentía ilusión y ternura por
el aprendizaje de las matemáticas.
LUIS Y SU
CACHORRO
Había una vez
un niño llamado Luis que vivía con su mamá y su abuela Rosa,
todos estaban muy felices porque llegaría el día de la feria.
Luis le pidió
permiso a su mamá para poder ir con su abuela a la feria que había en la plaza.
Su mamá le dio permiso para que fuera a la feria, entonces Luis y su
abuela se fueron, a ellos les gustaban muchos los perritos pero a la mamá no.
Luis y su abuela al regreso de la feria encontraron un
lindo cachorro lastimado, así que pensaron en llevarlo a casa y
curarlo. Su mamá al verlos con el cachorro en los brazos gritó y se molesto
mucho.
Su mamá le dijo
a Luis que lo sacara y lo llevara a la calle, pero Luis se puso muy triste
y pensó un plan: iba a encerrar al cachorro en su dormitorio mientras mamá
estaba en la cocina preparando la cena. Así que llevó a cabo su plan y una
noche el cachorro se escapó del cuarto de Luis. Su mama gritó al verlo. A la
mañana siguiente Luis quería salir de su dormitorio, pero estaba encerrado con
llave y no estaba el cachorro porque su mamá lo había llevado a la calle,
ya que Luis no lo había obedecido.
Una semana
después al verlo tan triste la mamá se disculpó con Luis y allí aprendió a
querer a los perros. Inmediatamente salieron en busca del
cachorro que había llevado a la calle, pero no lo encontraron, así que su mamá
le compró un nuevo cachorro a Luis y lo cuidaron con mucho amor y cariño.
Vivieron felices para siempre.

Hola Lucia! Tu blog me ha gustado mucho, esta muy bien distribuido y el contenido es ideal para los niños y niñas de infantil. Este apartado de cuentos infantiles lo veo genial, ya que son cuentos más innovadores y no son los típicos que se le suelen contar a los niños. Estos cuentos pueden ser representados por los pequeños donde se divertirán muchísimo.
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